Padre Sigifredo Schneider

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Padre Sigisfredo Schneider. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli
Padre Sigisfredo Schneider. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli

El Padre Sigifredo Schneider de Frauenhâusl (a veces también traducido al castellano como Sigisfredo, en el original alemán Siegfried) fue un misionero franciscano de origen alemán que vivió en la Región de Los Ríos, y en especial en Panguipulli, la mayor parte de su vida. Es conocido especialmente por su resuelta defensa de la causa indígena, lo que lo hizo conocido como el abogado de los indios.

Tabla de contenidos

De Europa a Chile

Casa natal del Padre Sigifredo hacia 1910. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli
Casa natal del Padre Sigifredo hacia 1910. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli


El Padre Sigifredo, en la vida civil Luis Schneider, nació en Frauenhâusl, departamento de Kelheim en Baviera el 10 (19) de septiembre de 1868. Era hijo de una familia de guardabosques y sus primeros estudios de humanidades los inició en Regensburg y los últimos tres en Burghausen, donde rindió en 1888 su examen de bachillerato con todo éxito.

Ingresó a la Orden Capuchina e hizo su noviciado en Laufen desde el 10 de agosto de 1888, hasta la misma fecha en 1889, día en que le correspondió hacer su primera profesión religiosa.

Hizo sus estudios de Filosofía y Teología en Eichstätt, también en Baviera, seminario que gozó de gran prestigio por su excelente profesorado.

Se ordenó como sacerdote capuchino el 9 de junio de 1895 en la iglesia de los Capuchinos de Eichstätt, correspondiéndole trabajar primero como predicador y confesor durante un año en Baviera, después de lo cual pidió ser enviado a las misiones de la Araucanía de Chile.

Sigifredo Schneider llegó a Chile con la segunda expedición de capuchinos bávaros en 1896, recién ordenado sacerdote. Lo habían precedido el R.P. Félix José de Augusta, el gran lingüista araucano; el R.P. Anselmo de Cammin; el R.P. Tadeo de Wiesent, el famoso médico naturista; y el Hermano Fray Sérvulo de Gottshanshofen. En aquellos años, partir desde Europa a las misiones de Sudamérica era una aventura religiosa que requería no poca dosis de idealismo.

En Río Bueno

Schneider fue destinado primero a la región que hoy ocupa la actual comuna de Río Bueno. Allí aprendió luego a entregarse del todo, y a probar lo que esto significa en campos araucanos: recorrer reducciones en jornadas agotadoras a lomo de caballo; detenerse y alojar en rucas o a la intemperie durante los días y semanas; mojarse bajo lluvias interminables hasta alcanzar la choza donde algún enfermo ha pedido auxilio; dormir sobre lamas con la montura por almohada, envuelto en el poncho y comer habas sancochadas digeridas con mate amargo; exponer a cada momento la vida vadeando torrentes cordilleranos y cruzando en frágiles canoas inmensos lagos encrespados por el huracán.

En Mariquina y Villarrica

Padre Sigifredo a caballo. Imagen: Alejandro Martinez Moraga
Padre Sigifredo a caballo. Imagen: Alejandro Martinez Moraga

Fue nombrado Párroco de San José de la Mariquina, donde estuvo desde el 22 de diciembre de 1897 hasta el 10 de febrero de 1899. Le correspondió al R.P Sigifredo cercar el terreno de la misión de San José que abarca una manzana frente a la plaza a introducir importantes mejoras en la Iglesia Parroquial destruida por un voraz incendio del año 1945.

Trasladado a San José de Mariquina, le fue encomendada la nueva fundación de la Misión de Villarrica, donde una pequeña población comenzaba a formarse alrededor del fortín de la pacificación en medio de la selva que cubría el emplazamiento de la Villarrica colonial, desaparecida desde 300 años. Las dificultades de esta obra como las penurias de los tres capuchinos acampados en Villarrica mientras duraba la construcción de la Misión, quedaron narradas en las crónicas del Padre Burcardo, que trae detalles interesantes: la choza, de una pieza, era dormitorio, cocina y capilla; para celebrar Misa no había más que una batea que servía de altar; mientras los dos legos carpintereaban, el padre Sigifredo servía de cocinero. Y cuando el padre contrajo la peste por andar día y noche junto a los enfermos, el Prefecto Padre Alejo, al recibir esta noticia, dicen que exclamó: "Demasiado valiente el cholo". El Hermano Elzeario, agotado, murió poco después, y el Hermano Servo se ahogó en el lago. Pero el nombre del padre Sigifredo había de quedar para siempre ligado a Panguipulli, la tierra de los leones, su campo de su apostolado por 50 años.

Estuvo en Villarrica el Padre Sigifredo por espacio de 5 años hasta 1903 y a su esfuerzo se debió la construcción de la Iglesia y el Colegio de Niños destruidos por otro incendio en 1953.

En Panguipulli

Iglesia de Panguipulli en 1910. Imagen: Las Buenas Noticias de Valdivia
Iglesia de Panguipulli en 1910. Imagen: Las Buenas Noticias de Valdivia

Ya en 1846 el Intendente de Valdivia, don Salvador Sanfuentes, había pretendido la fundación de una Misión para esta región de difícil acceso y poblada muy densamente de mapuches sumamente rebeldes. El Padre Burcardo, primer Prefecto Bávaro de las misiones, reconociendo la necesidad de esta fundación designó para ella al padre Sigifredo, buena pasta de fundador.

De acuerdo al testimonio que dejo el propio Schneider, la tarea encomendada encajaba estupendamente con su personalidad. Respecto de los terrenos donde iría a desempeñar su labor, escribió:

El que no ha visto esta región no podrá formarse una idea cabal de las bellezas que encierra. La vista jamás se cansa de mirar ni el entendimiento de considerar su grandeza, ni el corazón de gozar el deleite que expiran por todas partes el lago y las florestas. Con admirable tacto han escogido los araucanos sus reducciones diseminadas al azar en un fundo grande que siempre tiene límites naturales, como barrancos, ríos o esteros. Las distintas familias de la reducción son de ordinario parientes entre sí. La de los Aillapán, por ejemplo, cuenta con más de 700 almas, y son de un tipo especial por tener sangre española. Otras familias famosas son los Catriñir, los Huenuñir, Lloncón, Catrilef, etcétera.
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Padre Sigifredo

Bien pudo cerciorarse el nuevo misionero que no se trataba ya solamente de fundar y construir para evangelizar el Reino de Dios entre los indígenas. Una lucha mucho más ardua que la emprendida contra la superstición pagana había de gastar sus jóvenes energías ante la nueva situación creada por la colonización. En esta lucha el padre Sigifredo había de llegar a ser uno de esos héroes ignotos, cuyo nombre sólo habrían de recordar los pobres e ignorantes favorecidos, librados de la prepotencia arrolladora de la ambición. Y aquí la figura del fraile de cuerda y sayal trae a la memoria la escena de Francisco de Asís ante el lobo de Gubbio.

Desde la ocupación militar de la Araucanía en 1883, comenzaron a internarse en ella chilenos y extranjeros al margen de toda ley, a la sombra de las fuerzas armadas prontas para sofocar cualquier levantamiento indígena. Por lo que el problema de la ocupación de las tierras llegó a ser la preocupación dominante en estas provincias, dando margen a las famosas leyes sobre la propiedad austral.

El Gobierno, que había sujetado los mapuches a su dominio, no hizo desde el principio lo suficiente para defender sus tierras ante la codicia colonizadora. Mientras los audaces extendían sus manos para apoderarse de inmensas y ricas regiones, los poderes públicos miraban los abusos sin intervenir. Las leyes prohibitivas sobre compras de tierras surtieron, cuando más efectos contraproducentes, pues los indios, con el afán de tener títulos e inscribirlos, comerciaban con sus terrenos entre sí o con extraños viéndose cada día más funestamente defraudados. En ninguna parte fue tan violenta esta crisis como en a la zona de Panguipulli.

Padre Sigifredo censa indigenas hacia 1908. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli
Padre Sigifredo censa indigenas hacia 1908. Imagen: Las Buenas Noticias de Panguipulli

"El abogado de los indios"

Entonces se convirtió la Misión en defensora de los indígenas, aunque hubiera de atraerse con ello el odio de los poderosos de la zona. Doctorado en Derecho de Baviera, utilizó sus conocimientos para trasformarse en el jurista defensor en el juzgado de Valdivia de los casos mapuches.Por centenares acudieron los mapuches a su protector, el padre Sigifredo, con interminables quejas contra el huinca. El día y la noche no le bastaban al Misionero para escucharlas, tomar nota, despachar correspondencia y acudir personalmente a solucionar conflictos. Artículos en los diarios y solicitudes a los Ministerios habían de llevar su nombre en demanda de justicia para el indígena despojado. No era raro ver la figura del capuchino por las calles de Valdivia, Temuco y Santiago acompañando a algún protegido en sus tramitaciones.

Se dice que uno de aquellos terratenientes que se estrelló con la inflexibilidad del misionero, por odio puso a su perro el nombre de Sigifredo, y de otro que lo calumnió vilmente, y que después de 25 años de remordimiento se presentó a la Misión de Panguipulli para pedir perdón al Padre. Al abrirle éste la puerta y al ver al visitante caer de rodillas se arrodilló igualmente y tomando a su calumniador, entre las manos mezclaron ambos sus lágrimas en un abrazo.

Ciertamente que para cristianizar la Araucanía habría podido desearse algo parecido al poder, económico, industrial y militar empleado en las misiones jesuitas del Paraguay, en defensa de los naturales para establecer entre ellos el Reino de Dios. Pero la pobreza de recursos materiales habría de ser siempre fiel compañera de los hijos de San Francisco en sus misiones.

La maxima expresión de esta lucha, y del compromiso del Padre Sigifredo, fue el Parlamento de Coz Coz, celebrado en 1907. Fue el ultimo parlamento indígena que tuvo lugar formalmente. Tuvo como objetivos resolver los despojos territoriales a los cuales los mapuches fueron sometidos, y elegir un líder de las comunidades de la zona para actuar como representante ante las autoridades de gobierno. El compromiso del alemán no dejaba lugar a dobles interpretaciones:

Hoy me matan con el lazo, mañana con revólver, pasado mañana me botan al río, me charquean, me destapan los sesos, me ahorcan, me descuartizan. ¡Qué gente tan ruda! ¡Mis indios son mil veces más civilizados que esta escoria de humanidad!
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Padre Sigifredo de Frauenhäusl

En sus numerosos viajes a la capital regional, el religioso estableció contacto con el periodista Aurelio Díaz Meza, quien trabajaba por ese entonces en el Diario Ilustrado, y lo invitó a participar en el Parlamento. A la postre, Meza escribiría el libro "Parlamento de Coz Coz" (Ver sección respectiva más abajo).

Iglesia de Panguipulli para San Sebastian, 20 de enero de 1947. La bendición de la iglesia tuvo lugar el 26 de octubre de ese año, para la fiesta de Cristo Rey.
Iglesia de Panguipulli para San Sebastian, 20 de enero de 1947. La bendición de la iglesia tuvo lugar el 26 de octubre de ese año, para la fiesta de Cristo Rey.

Misionero

Padre Sigifredo circa 1950.  Imagen: Las Buenas Noticias de Valdivia
Padre Sigifredo circa 1950. Imagen: Las Buenas Noticias de Valdivia

La Misión de Panguipulli se desarrolló, sin embargo, rápidamente pudiendo ver surgir el misionero uno tras otro el colegio, la iglesia, los talleres y las dependencias donde comenzaron a albergarse anualmente las generaciones nuevas que habían de regenerar la raza indígena. En sus giras misionales recorrió centenares de veces los valles, las montañas y los lagos de su territorio, fundando en todas partes nuevos centros como bases de evangelización. Hasta el lejano rincón de Coñaripe (“camino de los guerreros”) al oriente del gran lago Calafquén se internaba periódicamente, alcanzando a fundar en 1910 aquella difícil Misión entre los indígenas menos dóciles de Araucanía.

Los reveses que se turnaron como impulsados por el huecufu (“mal espíritu”, en mapuche) no lograron desalentarlo. El fuego destruyó en 1913 el gran colegio de niñas que el Padre había fundado con las donaciones de la señora Isabel Correa de Irarrázabal. Logró reedificarlo con nuevos empeños y sacrificios, más grande y cómodo que el anterior. Y en la aciaga noche del 12 de marzo de 1945 de nuevo fue puesta a prueba la paciencia ya bien probada del viejo Misionero; manos intencionales pusieron fuego al edificio y en pocas horas las llamas devoraron íntegramente la hermosa iglesia, el colegio, la casa misional y los talleres de Panguipulli. Lo mismo que 40 años atrás, pero ayudado ahora por un joven Misionero se recomenzó la obra constructiva, con la ventaja del prestigio inmenso que ya por esa epoca rodeaba la figura del capuchino de encorvadas espaldas.

Los nuevos misioneros acudían con entusiasmo a Panguipulli para visitar al padre Sigifredo, quien los acogía con gran calidez y amabilidad en un estrecho refectorio de madera oscurecida de la antigua Misión en las noches de invierno, y donde el padre narraba algunos chascarros de sus 50 años de Misionero.

Respecto de su actividad pastoral, el testimonio de sus misas es muy decidor:

Sus misas eran muy especiales: terminaban todas con Bendición y Exposición del Santísimo. Recuerdo su porte noble y solemne y aquella frase tan típica al comenzar la homilía: “En aquel tiempo…” y luego continuaba su sermón profundo, espiritual y a la vez expresado en palabras tan simples que los niños podíamos comprender al igual que los campesinos.
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Muerte

Los últimos tres años de su vida las fuerzas le faltaron, y casi ciego hubo de dejarse trasladar, de mala gana, al sanatorio de San José de la Mariquina. Allí se turnaban los feligreses de Panguipulli visitando periódicamente al venerable patriarca, quien se enternecía hasta las lágrimas al recibirlos. Igualmente cuando algún otro Misionero llegaba a saludarlo y a pedirle su bendición, el anciano octogenario se arrodillaba luego entre lágrimas en demanda de la bendición sacerdotal.

El viernes 21 de septiembre de 1956, el obrero infatigable, rodeado por varios de sus hermanos de Orden, esperaba postrado y consumido por el trabajo de 60 años, el merecido descanso. De improviso se irguió un tanto y fijó su mirada con visible atención hacia un punto determinado, al mismo tiempo que una marcada sonrisa dibujaba sus labios. Después de permanecer varios minutos en esta posición casi extática que emocionó hondamente a los circunstantes, cesó para el padre Sigifredo la ceguera de los ojos y comenzó para su espíritu la visión colmada de su esperanza y el goce de su galardón. Murió a los 86 años de edad, de los cuales 58 fueron dedicados con generosidad nunca desmentida a las misiones de Araucanía.

Sus restos, trasladados a Panguipulli, fueron allí recibidos con las honras que sólo tributan a los que han conquistado el corazón de un pueblo. Desde las más remotas regiones de la cordillera acudieron mapuches y colonos, grandes y pequeños a rendir su cálido homenaje de reconocimiento al Misionero de la Iglesia, al Padre de las almas, al patriarca de Panguipulli.

Referencias


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